
Científicamente, meditar, consiste en detener el proceso de los pensamientos. Parar la máquina del cerebro y ponerla a descansar en una profunda como reparadora relajación, con un descanso más intenso que durante el sueño profundo. Esto permite desalojar el estrés del sistema nervioso y habilitar nuevas redes sinápticas. Deshacer los quistes emocionales y los bucles de memoria disfuncionales.
Pero esta definición mecanicista del tema no agota el propósito último de la meditación, que es la unión con Dios. En el silencio íntimo de la propia mente, es posible percibir las huellas del Amante Divino y descubrir en nuestro propio Ser el reflejo del Infinito. Es entonces cuando descubrimos que nuestra esencia es Eterna, en igualdad con Él y que a nivel de nuestra Alma, gozamos de la misma Omnipotencia y Omnipresencia, siendo nuestro cuerpo físico una ilusión pasajera que nos limita, mediante el deseo, a lo impermanente.
Entonces, meditar, es identificar hasta lograr la unión completa de nuestra alma individual con Dios, con el Espíritu Absoluto. No se trata de alcanzar un determinado estado mental, sino al contrario el cese de la mente y la percepción en Conciencia Pura, donde nuestra esencia se muestra indiferenciada del Plano Divino.
Por medio de la concentración constante, podemos identificar nuestra sustancia con lo Absoluto y recordar que somos Imperecederos, más allá de toda dualidad, tiempo, espacio y causalidad. Espíritu Puro es lo que somos, sin nombre. Verdadera causa de todo el acontecer. La realidad detrás de todo el Universo visto e invisible.
Cuando somos capaces de sostener esta Divina Unidad en nuestro interior, se expande la voluntad y se convierte en poder de Dios sobre el plano relativo, siendo capaz su expresión de modificar la realidad material. Esta es la secreta virtud que poseían los santos para operar sus milagros. Simplemente amplificaban su conciencia individual hacia la Conciencia Cósmica en armonía con Dios.
El buen hábito de la meditación puede cambiar nuestro carácter y modificar nuestro destino, permitiéndonos al mismo tiempo múltiples percepciones espirituales que nos harán más sabios, humildes y pacientes.
Hay muchas razones fundadas para meditar, entre ellas conservar la salud física y mental, pero la mayor de todas es la realización de la propia identidad espiritual, conocer la propia alma en Dios, liberarse de todo mal sentimiento y odio, para vivir sumergido en amor, radiando todo el tiempo amor.
El tiempo que se vive sin amor, es un valioso tiempo desperdiciado, que no podrá ser recuperado. El verdadero sentido de la vida es amor. Dios es todo amor. Y la meditación es un método eficaz para desarrollar amor en el interior de todos nosotros. Para lograrlo, es necesario amar, hay que amar a Dios, para recibir amor de Dios. Esta es la Ley Divina.
El Señor nos responde de inmediato cuando le brindamos nuestro sincero amor. Es por esto que la meditación nunca debe reducirse a una mera gimnasia mecanicista. Su propósito sagrado es permitirnos desarrollar amor por Dios, entregando nuestra Alma en comunión de servicio a Él.
Esto lo podemos hacer de muchas formas, desde la oración a las acciones caritativas. Ver a Dios en el prójimo, vivir en armonía con la Naturaleza, son maneras de ensanchar la Conciencia del Amor. Más vivamos el amor de Dios en todo, más vibraremos internamente en Su Presencia y más se sintonizará nuestra conciencia con su Bendita Existencia Eterna. Al realizar personalmente a Dios, lo veremos luego en las personas, en la Naturaleza y en toda la existencia, logrando así una comunión permanente con Él.
Mediante el crisol de la férrea voluntad la meditación continuada irá transformando y puliendo nuestro interior, hasta que brille el sol de Dios. No basta el simple deseo, se requiere una firme determinación para convertir el hábito de la concentración mental en una rutina diaria. Si fallamos, sólo debemos recomenzar una y otra vez, hasta obtener la persistencia deseada.
Es condición Sine qua non tener fe en Dios Vivo y en el hecho que mediante el amor divino, Él se hace carne en nosotros, al igual que lo hizo con Cristo. Mediante la constante ejercitación, la limitada conciencia humana, finalmente, logra expandirse hacia lo Infinito y contener a la Mente del Creador. Estas experiencias están a tu inmediato alcance si tienes fe y perseverancia, si todo lo entregas a Dios en el diario altar de la meditación profunda, dedicada con intensa devoción al BienAmado.
Tu alma ha sido creada, naturalmente, para divinamente amar y ser amada. Esta es toda la razón de su existencia. Es por eso, que únicamente en el amor encuentra el ser individual satisfacción a su esencia. Y el otro nombre del amor incondicional es el servicio desinteresado. Si amamos debemos ser capaces de hacer siempre el Bien al prójimo, encontrando felicidad en ello. La expresión total del amor es la realización del Bien.
AMAR ES LA MAYOR TÉCNICA
Si amamos profunda e intensamente a Dios, cada nueva meditación será una renovada experiencia de contacto íntimo con el Infinito. No habrá motivo para el estancamiento ni para el aburrimiento, porque el Señor en persona es nuestro anfitrión.
Podemos dirigir nuestro amor hacia las personas y hacia la Naturaleza, pero sólo hacia Dios el amor alcanza potencia de perfección ilimitada. Esta es la razón por la que la mente budista no alcanza la plena Bienaventuranza Divina, no cree en Dios y no lo ama con todo el corazón, limita los alcances de su compasión hacia todos los seres, que son imperfectos y transitorios, con lo cual su virtud resultante es imperfecta y transitoria.
Sin Dios no hay inmortalidad del Alma, no hay esencia de existencia eterna en nuestro Ser y quedamos reducidos a un fantasma impermanente vagando entre las impresiones de los sentidos.
Si hay un Poder Superior a nosotros mismos o no lo hay, no es cuestión sólo de discernimiento puro, el Espíritu en persona decide si se revela o no a cada persona y luego esta elige si protege y mantiene encendida la luz de fe que se le regaló desde los santos cielos.
Concentrarse en la respiración o repetir un nombre mentalmente, no es comparable a entregarle todo el corazón a Dios. Amar es la mayor técnica de meditación que existe. Cuando amamos intensamente, con todo nuestro cuerpo, mente y alma al Señor, inmediatamente todos los rayos de nuestra energía vital se enfocan y los pensamientos se detienen, dando paso al éxtasis y al arrobamiento.
Para perfeccionarnos en el Arte de Amar, debemos ser capaces de amar a todos como amamos a Dios, no debemos odiar a ninguno y siempre debemos estar dispuestos a perdonar toda deuda y toda ofensa. ¿Eres capaz de amar así? De acuerdo a tu respuesta es la medida de tu paz.
AMOR DIVINO
No hay mayor amor que el que se experimenta durante la comunión con Dios durante la meditación. La unión entre el alma individual y el Espíritu Universal es la consumación del amor perfecto, nada se le iguala. Si te enfocas con devoción en el Señor cuando meditas, Él te responde internamente con profundas vibraciones de gozo que colman tu corazón y humedecen de lágrimas de dicha tus ojos. Al meditar intensamente, tu cuerpo y tu mente son penetrados por el amor divino y tu alma burbujea de paz plena. Es una emoción que no puede ser descrita con palabras. Sólo Dios es interminable gozo.
Recargado por el amor divino, verás a Dios en todos los seres y tu misma alma reflejada en cada uno de ellos y podrás amarlos ilimitadamente. Este amor puro es un don divino que se desarrolla cuando amamos sinceramente a Dios y le expresamos nuestra devoción.
Un solo átomo del amor divino tiene suficiente poder para transfigurar tu corazón y hacerte experimentar una dicha incontenible. Debido a nuestras limitaciones estamos acostumbrados a sentir depresión y una atmósfera gris a nuestro alrededor. Pero Dios no creó la vida para la tristeza, la existencia encierra en sí la potencialidad de una inmensa alegría. Cuando nos sintonizamos con el Espíritu la dicha nos inunda y se deshacen todos los nubarrones del desanimo.
El mundo confunde sexo con amor y ha perdido el camino para su verdadera realización. Sin amor la vida se marchita lenta e inexorablemente y el cuerpo es víctima de toda clase de enfermedades. El gozo del amor es lo que optimiza el sistema inmune, y cuando éste falta las defensas decaen. Pero el amor está siempre presente en nuestro interior, como lo está el aceite en cada parte de la semilla de girasol. El amor divino impregna la Creación entera, y es sólo cuestión de abrirle el corazón para experimentar la vibración de su dichosa presencia. El Amor Eterno evade las palabras y la única forma de describirlo acertadamente es experimentarlo por uno mismo, al igual que para conocer el sabor de una naranja, uno no tiene más opción que comerla.
El Amor Divino actúa como la fuerza gravitatoria, atrayendo, armonizando, uniendo… Todos los que pueden sintonizarse con esta fuerza todopoderosa logran el equilibrio con la Madre Naturaleza, amar a sus hermanos como a sí mismos, y encuentran en la renovada dicha interna la reunión íntima con lo Eterno.
El amor humano casi siempre es egoísta y proclive a dar satisfacción a sus caprichosos deseos. En cambio el Amor Divino es incondicional, ilimitado, inmutable. Mediante la autodisciplina desaparecen los vicios del corazón y aparece el burbujear del amor puro. Es cuando uno se libera de todas las imperfecciones y vive en santidad.
Cuando te centras en amar a Dios por encima de todo, automáticamente eres incapaz de dañar a otro ser intencionadamente. Amando así, el Señor colma tu corazón de Amor Divino, incondicional, por todos los seres. Es un amor indescriptible, que todo lo abarca, que todo lo perdona, donde no hay enemigos, donde todos son hermanos. Frente a esta condición, el hombre común vive amándose sólo a sí mismo, centrado sobre su “yo” y la conciencia de lo “mío”, que le impide amar de forma divina, totalmente incondicional e ilimitada, desde la plenitud del alma. Bajo esta situación limitada, el amor humano es condicionado y pocas veces cumple su promesa cuando afirma “te amo”, porque al día siguiente rechaza a esa misma persona. No es la expresión del amor lo que lo mueve, sino del egoísmo.
Cuando uno descubre el Amor Divino, Dios se revela a través de él, y se manifiesta que es omnipresente y se encuentra en todos los seres. Entonces, a nivel del alma, no es posible encontrar diferencias entre las personas, porque todas son reflejos del único Dios. Todos somos partes del mismo Espíritu Eterno. Mediante el Amor Divino uno descubre que el verdadero Ser no es otro que Dios y éste se expresa a través de todos los seres, por lo que aprendemos a amarle a través de todos.
Quien emana Amor Divino vive en la verdad, no miente, está inmerso en la virtud, está libre de todo prejuicio y ve directamente el corazón de cada ser. Su pensamiento es ilimitado. Imbuido por la Compasión Perfecta, encuentra la presencia de Dios en todas las cosas y en todas las formas de existencia. Así es simple realizar que verdaderamente Dios es todo y que todo está en Dios. En semejante estado de comunión divina es fácil armonizar el cuerpo, la mente y el alma con las leyes de la naturaleza y amar por extensión a toda la Humanidad como a Dios y a uno mismo. Para lograr esto, sólo hay que saber abrir sinceramente el corazón y entregarlo por entero al Señor.
La realización divina consiste en ver a Dios en todos los seres y en tener compasión por todos por igual, como Él nos ama sin hacer distinciones entre unos y otros. Las ovejas negras son las más necesitadas de amor, las que más responderán ante el perdón. Si amamos a todos debemos ser capaces de sentir su sufrimiento y encontrar los medios para aliviarlo.
Perfeccionar el amor incondicional entre los unos y los otros, entre los amigos y los hermanos, entre los hijos y los esposos, es la gran finalidad de la vida. No hemos venido a acumular bienes sino tesoros del corazón.
Desear para cada uno el bienestar, la salud, la prosperidad, la felicidad, la paz plena, es la forma en que procede el Amor Divino y la verdadera amistad entre los unos y los otros.
Sin amor la experiencia directa del Espíritu sería fría y vacía, sólo una huella mental. Pero el Amor Divino es la diferencia que da significado a la existencia eterna. Cuanto más ames, más amor atraerás hacia ti y más amor serás capaz de irradiar, convirtiéndote en un gran dinamo del Espíritu, atrayendo el sentimiento sincero de los demás hacia ti y el cumplimiento de los deseos de tu corazón.
Sólo en el Amor Divino podemos encontrar respuesta a todas las preguntas y satisfacción a todas las necesidades del corazón. Sólo Dios puede calmar la sed de nuestra alma por la vida eterna. Todo lo que podemos acumular es transitorio, sólo Dios es inmutable y estará por siempre a nuestro lado. Si podemos volver a tener mentes de niño y buscarle con el corazón, Dios nos responderá desde el silencio de nuestro interior. Él nunca deja de ser nuestro Padre y nosotros nunca dejamos de ser sus hijos. Como almas somos su reflejo inmortal y omnipresente.
El amor humano no puede acompañarnos más allá de la muerte. Es limitado e imperfecto. ¡Sólo Dios!, está a nuestro lado siempre y cumple con su promesa de amor eterno. Es por el amor del Señor que se mantiene el aliento de la vida en cada uno de nosotros. Él es la esencia de existencia del alma individual y la potencialidad de la Conciencia Infinita.
Detrás del amor de los padres y las madres, del amor de los hermanos y los hijos, del amor de los amigos, brilla el amor del Bienamado Dios. Él siempre está presente a través de todos nuestros afectos, cuidando de nosotros y dando solaz a nuestro corazón. Cuando mediante la meditación acertamos a concentrar y focalizar nuestra devoción y amor en Dios, encontramos el amor perfecto. Una vez que hemos saboreado el Amor Divino, ya no nos conformaremos con ningún otro.

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